El Dr. Ignacio Zubizarreta es Investigador Independiente del CONICET con sede en el Instituto de Estudios Históricos y Sociales de La Pampa (IEHSOLP) de la UNLPam, donde también se desempeña como docente de Historia de América II.
Su investigación actual se centra en una pregunta que recorre toda la historia latinoamericana del siglo XIX: ¿cómo se pasa de una sociedad acostumbrada a resolver sus conflictos por la vía de las armas a una que empieza a buscar soluciones pacíficas? Para abordarla, trabaja en perspectiva comparada, estudiando los casos de Argentina, Perú y México.
Para el caso argentino en particular, su trabajo muestra que ese cambio no fue obra de un solo factor ni de una decisión estatal, sino el resultado de múltiples procesos: los intelectuales del exilio que predicaban la reconciliación, instituciones como la Iglesia, los clubes sociales y la masonería que ofrecieron nuevos espacios de convivencia entre antiguos enemigos, y negociaciones políticas entre líderes que, apenas unos años antes, habrían resuelto sus diferencias en el campo de batalla. A eso se sumó un hartazgo social creciente hacia la guerra, que fue permeando a amplios sectores de la sociedad y que los dirigentes políticos no podían ignorar. Y también una corriente de ideas: en Europa y Estados Unidos florecían por entonces sociedades e instituciones de vocación pacifista, que promovían la resolución negociada de los conflictos y cuestionaban la guerra como instrumento político. Juan Bautista Alberdi fue, en ese sentido, el gran exponente latinoamericano de esa corriente: su obra El crimen de la guerra, aunque póstuma y poco leída en su tiempo, anticipaba los organismos internacionales del siglo XX y expresaba un pensamiento profundamente comprometido con la paz como valor universal.
En otros países latinoamericanos, distintas coyunturas y actores cumplieron funciones similares, y el debate sobre qué factores pesaron más sigue abierto. Hay dos grandes explicaciones en la literatura académica. La primera, defendida por investigadores como Raúl Madrid y Luis Schenoni, sostiene que la clave fue el fortalecimiento y la profesionalización de los ejércitos: a medida que los Estados latinoamericanos construyeron fuerzas militares más organizadas y poderosas, los actores que antes recurrían a las armas para resolver disputas políticas fueron dejando de hacerlo simplemente porque las chances de éxito se volvieron muy bajas. La segunda explicación, desarrollada por Sebastián Mazzuca, pone el foco en la economía: a fines del siglo XIX, América Latina se integró a la segunda Revolución Industrial como proveedora de materias primas para los países más desarrollados. Esa inserción exportadora —lana, cuero, trigo, carne, minerales— requería estabilidad política para atraer inversiones extranjeras y construir infraestructura como ferrocarriles y puertos. La paz, desde esta perspectiva, fue menos una conquista moral que una necesidad económica.
Zubizarreta dialoga con estas interpretaciones pero considera que ambas, si bien iluminan aspectos importantes, no alcanzan a explicar el fenómeno en toda su complejidad. La pacificación fue también un proceso cultural e institucional, en el que el hartazgo social hacia la guerra, los nuevos espacios de sociabilidad, las corrientes de ideas pacifistas y las decisiones de actores políticos concretos jugaron un papel que no puede reducirse ni al monopolio de la fuerza ni a la lógica del mercado.
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